lunes, 31 de mayo de 2010

Mendozita

Allá por 1916, Ramon Mendoza, tenía 16 años. Trabajaba en una sastrería con la única maquina que poseía, quien sabe de qué herencia o de qué infortunado destino. No concibo la imagen de Ramón en sus 16 años. La figura perpetua que guarda mi memoria de El es la de un viejito en caites, a quien mi padre y mi madre cuidaron hasta su muerte.

El no contaba historias fantásticas Macondianas. Pero ya Hace 25 años que murió, su figura casi estaba olvidada. Y pues los unicos registros familiares de El son las fotografías dispersas del acervo familiar. Sin embargo, de vez en cuando sus historias fluyen de la boca de mi padre como un río desbordado retenido por la memoria en un estanque de años.

Entonces se repiten y me quedan a mi. Testigo oral de estos recuerdos. Aunque siempre he tenido miedo de narrar estos relatos, ya que nunca he querido caer en el coloquialismo y costumbrismo que asuza a los escritores provincianos sin mucha formación. Otra cosa a la que tengo temor es la de tratar de ficcionalizar tanto el relato añadiéndole tintes del realismo mágico, herencia de Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, y mas recientemente la Isabel Allende.

Pero es necesario, como parte de la justicia histórica a mi pueblo que ciertos hechos no queden olvidados. Ademas, cuando morimos el unico registro que legamos son los genes que corren en la sangre de nuestros hijos y nietos. Nuestro color de ojos, nuestros rasgos faciales, nuestro tamaños, nuestra propensión a ciertas enfermedades y hasta las características innatas de la personalidad. Pero nada en conjunto. Repartimos esta herencia como un cristal que arrojamos al suelo y del cual nuestra decendencia recoje en pedazos. Sin embargo, sí somos hábiles, podemos legar ciertos registros de nuestra vida. Creo que por ello me motivé a escribir y crear desde pequeño. Las fotografías, la música, la pintura y la escritura mas que ARTE, representan el tiempo, el contexto de los individuos y las sociedades durante las cuales fueron creadas. Y es alentador que en nuevas formas mis angustias alegrías y esperanzas son similares a las de artistas de antaño.

... Ramón Mendoza, estaba cosiendo, una tarde despues de mediodía en la entrada al pueblo. Boaco. 1916. En esa época no era mas que una aldea, un caserío, sin calles trazadas, sin electricidad, sin agua potable, sin parque, como muchos pueblos imagino en esa época en el país. Es fácil imaginar el silencio de lugares como ese cuando se ha ido al campo. Los únicos elementos que dan cierta animación cinemática son el sonido del viento, los gallos y gallinas, las vacas rumiando en la distancia. Y los gritos de la gente para llamarse cuando no habían otras formas de comunicarse.

Distraído en su oficio, y sin prestar atención e estos sonidos comunes para El. Se disponía a terminar algún pantalón de encargo que le cosía a alguién. Pero alguien le distrajo. Vio entrar por el unico sendero de salida de Boaco, única conecció con el mundo, a un Hombre de Sotana, montado en un burro, cuya altura era acentuada por la pequeñez del animal. El señor era mas alto que el promedio de los habitantes de la aldea, muy blanco, ojos claros... Era un sacerdote. Quien lo enviaba? Esa es una pregunta que sólo los que guardan documentos históricos lo saben. Talvez la diócesis de Granada, la ciudad colonial.

El padre no se detuvo. Mendocita, como le llamabamos en la familia, se dejó guiar por la curisiodidad de cipote, abandonó su oficio, se puso sus caites, y lo siguió por medio Kilómetro, siempre detrás, sin preguntas, en silencio. La figura espigada del sacerdote le impresionó. Llevaba un sombrero redondo con una gran brisera y la sotana rodeaba toda la grupera del caballo. Llegó hasta la casa mas grande frente a la Plaza y la Iglesia. Bajó del burro y entró al lugar. Para presentarse, y luego ser llevado antes las autoridades del pueblo.

Ramon, regresó por el mismo camino igual, en silencio, como una sombra, a retomar su oficio. El Padre José Nieborowsky se instaló en Boaco desde 1916 a 1942, cuando murió de Arterioesclerosis según entiendo. Ramón Mendoza murió en 1982, siendo un anciano en la casa de mi padre. Yo tendría 3 años en promedio. El no tuvo decendencia, no sabía escribir. Y nunca dejó de usar caites. Lo único que quedó de el son sus fotos, su registro de nacimiento y defunción y las historias sin ningun tinte fantástico que me cuenta mi padre. Yo me rehuso a enterrar conmigo esas tontas historias. Porque a través de ellas yo tampoco quiero ser olvidado.

LAZARO DIAZ

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